8 de marzo de 2012

violencia estructural

El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, es digno heredero de su padre. Bien está guardar respeto a nuestros mayores y nuestras mayores y su influencia suele ser inevitable, también en la carcundia.
Resulta que dice el ministro que existe una violencia estructural de género contra las embarazadas que las lleva a abortar. Y esto no lo comentó así, en la barra del chigre megaguapo al que acuda Ruiz-Gallardón a tomarse su vermú, sino que lo declaró en el solemne Congreso, en la sesión de control al Gobierno, y en una intervención preparada, puesto que llevaba en la mano su papel con sus cositas anotadas.
Vayamos por partes.
Para mí, y me parece que para muchas y sensatas personas, la definición de violencia de género es la recogida en la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Es mi definición por convicción y porque esta ley, que es orgánica, con lo que requiere una mayoría reforzada para su aprobación, fue apoyada por esa mayoría en nuestras Cortes, donde no solo habitan peligrosas y feas feministas y socialistas livianos y posmodernos.
Por tanto, no voy a hablar de violencia estructural de género, pero sí voy a hablar de violencia estructural contra las mujeres, en varias de sus manifestaciones (desgraciadamente, me dejaré alguna en el tintero):
Es violencia estructural contra las mujeres obligarlas a una permanente minoría de edad.
Es violencia estructural contra las mujeres sexualizar sus cuerpos en imágenes que se difunden, desde que son bien niñas.
Es violencia estructural contra las mujeres el modelo de belleza dominante, que pretende cuerpos esqueléticos, con tallas imposibles e insanas.
Es violencia estructural contra las mujeres despreciar su trabajo doméstico, no reconocerlo, no remunerarlo, recriminarlo, ignorarlo.
Es violencia estructural contra las mujeres exigir que sigan siendo las guardianas de las eternas esencias en el hogar.
Es violencia estructural contra las mujeres que tengan triples jornadas, para, además, ganar menos y sin acceso, muy mayoritariamente, a los lugares donde se toman las decisiones, donde se ejerce el poder.
Es violencia estructural contra las mujeres que se vean sometidas al escrutinio de muchas personas que decidirán por ellas si pueden o no abortar.
Es violencia estructural contra las mujeres jóvenes que tengan que comunicar a algunos padres y a algunas madres que quieren abortar y que o bien las obliguen a seguir adelante con su embarazo o bien les den una tunda que las ponga en su sitio.
Es violencia estructural contra las mujeres que usen una lengua que las oculte y que se les prohíba usar una lengua que las muestre.
Es violencia estructural contra las mujeres que se sigan justificando atropellos y mutilaciones contra ellas en el discurso de la tradición y de las costumbres.
Es violencia estructural contra las mujeres, un día sí y otro también, soportar la caverna machista: no cito a sus miembros, son de sobra conocidos.
Es violencia estructural contra las mujeres que solo se las considere en tanto que madres, que se las culpabilice si no quieren o no pueden amamantar, que se las reproche si amamantan en público.
Es violencia estructural contra las mujeres que se las ridiculice si conducen, si no conducen; si cocinan, si no cocinan; si leen, si no leen; si hablan, si callan...
Es violencia estructural contra las mujeres que se las meta y se las saque del mercado laboral según las guerras y las crisis provocadas por el patriarcado capitalista.

Todo esto, señor engolado ministro, es violencia estructural contra las mujeres.

(En la imagen, el pecado original y la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, en la Capilla Sixtina, obra de Miguel Ángel).

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